
Cellular Memory
Memoria celular, territorio y danza ancestral
Hay movimientos que nacen del silencio. Hay giros que provienen del dolor de quienes estuvieron antes. Hay pausas que no son sino de otras historias que siguen latiendo en mí. Y, sin embargo, todo eso me construye, me habita, me define.
Lo que parecía propio se revela compartido. Lo que creía nuevo, ancestral. Me descubro como un canal, un puente entre tiempos. Como si en cada desplazamiento corporal resonaran los ecos de un linaje entero.
Danzar es también un acto de escucha, de rendición, de apertura a lo que no se ve, pero se siente. De reconocimiento de que mi cuerpo no es una frontera, sino un archivo vivo, un campo fértil donde germinan las semillas del pasado.
En cada célula hay una historia que quiere ser contada sin palabras, a través del gesto, del pulso, del temblor. La tierra que me vio crecer no es solo un lugar: es una extensión de mi cuerpo, una piel más antigua que la mía, surcada por memorias que no sé si son mías, pero que me conforman.
La geografía íntima de mi existencia es un territorio que no se ve en los mapas, vidas que aún vibran en el aire, voces que resuenan, presencia viva que late al ritmo de mi propio corazón. Era el aroma del río, como un ente vivo, verde y terroso, presente en el diario, una fragancia única, ancestral. Sus aguas me enseñaron que todo fluye, incluso el dolor, incluso el amor heredado. Me moldeó con su paciencia, me enseñó a volver después de cada ida, a no resistirme al cauce de lo inevitable. La montaña, santuario de presencias invisibles, inmensa, silenciosa, siempre presente, vigilante y en su silencio te abraza, te abriga, te aquieta. Hay una memoria que se despliega en espiral, como la geometría sagrada de una caracola, la mía se teje de esparto que crece a mis pies: los gestos heredados, los silencios que resuenan, los miedos y resistencias que no sé nombrar, pero que reconozco en mi esencia. Los ancestros me susurran desde dentro, como una vibración que recorre el cuerpo y me hace danzar. En cada movimiento, decido una dirección que me conduce siempre a esa espiral.
Cada célula guarda un rastro. En mí habitan cuerpos que ya no están, pero que siguen danzando. Sus movimientos se manifiestan como una coreografía ancestral que se repite sin ser aprendida, una espiral infinita que se inscribe en cada parte de mi ser. En la forma en que piso la tierra, en cómo abrazo lo que no entiendo, se revela la memoria celular de mis antepasados.
El esparto, se convierte en símbolo. Trenzarlo es una forma de meditación, una conexión con ese pasado que no me fue contado, pero que se me revela a través del tacto. Como la caracola que guarda el sonido del mar, el esparto guarda los susurros del territorio. Sus fibras, como los hilos de mi propia historia, se entrelazan en silencio, evocando lo no dicho, lo que se siente sin saberse.
Este proyecto es un retorno. Una necesidad de escuchar a la tierra desde el cuerpo. De invocar a quienes me precedieron, no como figuras del pasado, sino como presencias vivas que me acompañan en cada Y es desde aquí, desde este cruce de memorias personales y colectivas, conscientes e inconscientes, que nace este proyecto: un acto de reconocimiento, una espiral de regreso a los cimientos.
Este proyecto, reúne entre otras piezas artísticas, una serie de fotografías intervenidas digitalmente que tienen como punto de partida una acción performática. Las imágenes, lejos de ser meros registros, son reconfiguradas mediante procesos digitales que expanden, distorsionan o reescriben la huella de la acción.
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